Mi tío
Mario me muestra orgulloso ese monte nativo que creó alrededor de su casa. El y mi tía, “Polvorita”, pacientemente y
desde hace mucho tiempo, fueron transformando este paisaje con semillas y gajos
que desde los sitios más insólitos traían al
lugar de sus sueños. El campito en Treinta y Tres, comprado después de
mucho esfuerzo, era la tierra prometida.
Con la misma relación que existe entre padres e hijos, donde los secretos de la genética y su encanto construyen puentes
fantásticos, mis tíos parieron esta floresta en un cerro solitario. Cautivados por esa belleza contemplada con ojos de asombro en
rincones escondidos de esta tierra de la que ellos son savia y sangre, se
trajeron ese verde único, con sus olores y sabores, y crearon sus amaneceres y
ocasos mágicos. Con un trabajo silencioso y persistente, el parque se fue
desarrollando. Cada brote, cada hoja, fue una victoria, cada arbolito que
titubeaba, un desvelo. La huella enseña el camino, y allí en Cerros de Lago,
donde mi tío también es paisaje, hay más de 120 especies de monte nativo. Ese
monte tiene alma, tiene alma de Mario y
Polvorita. Mi tía no está físicamente
hoy entre nosotros, y mi tío con una ponchada de años, torea dignamente a la soledad, entre árboles,
animales y estrellas de un universo que le pertenece.
Cuando me
dijo que quería filmar, con gusto acepté y allí concurrí en el mes de Febrero.
Es lo menos que puedo hacer por la tierra que yo también tanto quiero, y contar
una historia que vale la pena, que conozco de cerca.
Los videos
con la recorrida por el parque comprenden
4 segmentos y están en el canal de Rumbo Rural a los que pueden acceder en los enlaces correspondientes.